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La triple identidad del Rosario de hombres I: Reparación

La triple identidad del Rosario de hombres I: Reparación

El Rosario de hombres nació en Polonia con una vocación de reparación. Esta devoción ha buscado, desde sus orígenes hasta el día de hoy, que los varones respondamos al llamado que nos hiciera nuestra Señora de Fátima, el de reparar a su Inmaculado Corazón de las innumerables ofensas que comete la humanidad. ¡Reparación, reparación, reparación! A esto nos invita Nuestra Señora del cielo, quien, además, nos ha pedido que todo primer sábado de mes desagraviemos de tantos y tantos pecados cometidos por la humanidad contra la santidad de Dios.

¿Por qué reparar?

Los hombres fueron creados para dar gloria a Dios. El fin último del hombre es Dios y su gloria. Cada vez que pecamos, sin embargo, le robamos a Dios esa gloria debida, le causamos, por decirlo de alguna manera, un daño a su santidad. Por otro lado, la justicia exige dar a cada uno lo que le corresponde, a Dios le corresponde que el hombre, un ser inteligente, le conozca y le ame, pero por el pecado, esto se hace imposible. Ante esto, la justicia divina exige reparación. Reparar significaría pagar en justicia el pecado cometido.

Las Sagradas Escrituras nos enseñan cómo Dios ejerce su justicia. Sodoma y Gomorra son un ejemplo de ella, su perversión clamaba al cielo, el amor se había apagado entre sus habitantes y fueron incapaces de ver que con sus acciones ofendían a Dios, su enfriamiento del corazón les incapacitó para reparar por sus pecados. Ante esto, Dios se siente especialmente ofendido y castiga a esas ciudades. En aquellos lugares no encontró ningún justo, nadie que haga reparación, nadie que corresponda al amor de Dios.

También en las Escrituras Santas encontramos ejemplos de reparación. La ciudad de Nínive se había convertido en un lugar de pecado y depravación, tanto que Dios sentenció su destrucción sobre ella. Sin embargo, cuando su rey se enteró del desdichado fin de su ciudad, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. Los pobladores de Nínive hicieron penitencia por su mal camino. Todos repararon las ofensas contra Dios y Él se apiadó y no hizo caer el mal que sobre ellos había dicho que haría. Los hombres correspondieron al amor de Dios y, al reparar, salvaron su vida.

¿Es necesario reparar hoy?

Nuestra condición de pecadores exige que nuestra vida sea una constante reparación. Además, jamás ha habido una sociedad tan pervertida y pervertidora como la nuestra. Esto hace más urgente que nos convirtamos en almas reparadoras. En la actualidad, el demonio está desatado de tal manera que, si antes se pecaba y se sabía que el pecado era malo, hoy ha convencido a multitudes de lo contrario, es decir, llama al bien “mal” y al mal lo llama “bien”. Los hombres han dictaminado que el asesinato de inocentes en el vientre de su madre es un derecho humano, han elevado las relaciones homosexuales al mismo nivel que la santidad del matrimonio entre un varón y una mujer, las mentes jóvenes de hoy se encuentran adormecidas por las redes sociales y son fácilmente manipulables después de haber sido atados a las exigencias de sus más bajas pasiones, los mismos que crean las guerras, nos ofrecen recetas para la paz, a costa de empeñar la economía o la salud de los más necesitados. La lista de perversiones de esta generación no cabría en estas líneas. 

Si con las ciudades bíblicas hubieron sobrados motivos para que la justicia divina actúe, cuánto más hoy, que el orden de Dios está siendo volado desde sus bases, y nuestros pecados claman al cielo y exigen que Dios renueve esta sociedad depravada.

Nuestro divino Redentor se mostró a santa Margarita con el corazón herido por nuestros pecados, con su corazón coronado de espinas. Jesucristo le dijo a la santa: «Al menos tú ámame y suple tanta ingratitud». La Madre del Salvador también se aparece a los pastorcitos con una imagen igual, les muestra su Inmaculado Corazón rodeado de espinas. A Lucía le dirige estas conmovedoras palabras: “Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme”. Nuestro Señor y su Santísima Madre nos urge reparar sus corazones traspasados de tantísimas ofensas, a consolar sus santísimos corazones por los pecados cometidos.

La siempre Virgen María nos ha pedido reparar los primeros sábados de mes. Para entrar en un espíritu de reparación durante nuestra vida, pide en estos primeros sábados la comunión sacramental, la confesión, el rezo del santo rosario y la meditación de sus misterios. Esto es lo que los varones del Rosario de hombres a lo largo del mundo lucha por hacer, convertirnos en almas reparadoras.

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